Como directora Jurídica de Dexter Global Finance, llevo más de una década desarrollando mi trayectoria profesional en distintos entornos del sector legal, tanto en despachos internacionales como en departamentos jurídicos corporativos. Mi experiencia comenzó en Londres, en Allen & Overy, donde trabajé en el área de ICM & Know-How, y continuó posteriormente en firmas especializadas y despachos con proyección internacional hasta asumir responsabilidades de dirección jurídica in-house.

Esta evolución profesional me ha permitido vivir de cerca cómo el sector jurídico se ha ido adaptando a cambios regulatorios, tecnológicos y empresariales cada vez más acelerados. Sin embargo, pocas transformaciones están generando un impacto tan profundo —y tan rápido— como la inteligencia artificial.

En muy poco tiempo hemos pasado de considerar la IA una tecnología futurista a incorporarla progresivamente en procesos reales del día a día jurídico: revisión documental, análisis contractual, automatización de tareas o búsqueda de información compleja.

Y precisamente por vivir esta evolución desde dentro, creo que el debate está mal planteado. La pregunta no debería ser si la inteligencia artificial sustituirá a los abogados, sino cómo redefinirá el valor que aportamos como profesionales del derecho.

La IA ya está cambiando el trabajo jurídico

Negarlo sería un error. La inteligencia artificial ya está impactando de forma directa en la manera en la que trabajamos.

Hoy existen herramientas capaces de resumir contratos complejos en segundos, localizar cláusulas de riesgo, clasificar documentación jurídica, comparar versiones contractuales, generar primeros borradores o agilizar búsquedas normativas y jurisprudenciales.

Tareas que antes consumían horas ahora pueden resolverse en minutos. Y eso no significa necesariamente una pérdida de calidad. Bien utilizadas, estas herramientas permiten reducir carga operativa y ganar eficiencia, especialmente en áreas donde el volumen documental es elevado.

De hecho, distintos estudios de consultoras como McKinsey apuntan a que la IA generativa tendrá un impacto especialmente significativo en profesiones intensivas en conocimiento, precisamente porque puede agilizar tareas repetitivas basadas en análisis de información.

En este contexto también empiezan a aparecer diferencias importantes entre las IA generalistas y las soluciones específicamente diseñadas para el entorno jurídico.

La clave estratégica no está únicamente en “usar IA”, sino en entender para qué procesos aporta verdadero valor y bajo qué supervisión profesional debe utilizarse.

Qué no deberíamos delegar nunca completamente en una IA

La adopción de estas herramientas también exige prudencia y responsabilidad.

Especialmente en el ámbito legal, existen límites que no deberían ignorarse: validación jurídica final, interpretación normativa compleja, decisiones con impacto reputacional o económico, conflictos éticos, negociación con clientes o terceros y evaluación integral del riesgo.

Además, el propio desarrollo regulatorio europeo ya apunta claramente hacia la necesidad de un uso responsable y supervisado de la inteligencia artificial. El futuro Reglamento Europeo de IA (AI Act) insiste precisamente en conceptos como supervisión humana, transparencia y gestión del riesgo en sistemas con impacto relevante sobre personas y organizaciones.

Además, aunque estas herramientas pueden agilizar enormemente el trabajo jurídico, no debemos olvidar que la IA también puede cometer errores, ofrecer respuestas inexactas o basarse en información desactualizada o incorrectamente interpretada. Precisamente por eso, el deber de diligencia del profesional sigue siendo esencial: verificar fuentes, contrastar información y validar jurídicamente cualquier conclusión continúa siendo una responsabilidad exclusivamente humana.